

Quienes me conocen saben que nací en un verdadero matriarcado, a mi padre no alcance a conocerlo y me crie en compañía de mi madre y siete encantadoras hermanas siendo yo el menor de toda la camada, pude haberme capacitado ampliamente para tener hoy un buen salón de belleza, una sala de masajes o estar haciendo uñas de manos y pies.
Me case con Patricia hace ya treinta años, ella poseedora de una gran simpatía, un don de gentes arrollador, una excelente profesional y una gran ejecutiva. Eso sí, libre de dote y bienes de capital.
Patricia mucho más sociable, pretendida y como dicen los jóvenes de hoy “popular”, yo en cambio bajo de estatura, de rasgos moderados y bastante mala caroso. Yo la había invitado ya a un par de veces y estábamos haciendo buenas migas, yo ya me había graduado como veterinario, lo que me garantizaba tener un mediano ingreso por el resto de la vida, con la seguridad de no ser rico jamás. Veníamos los dos de noviazgos largos y ya desgastantes anhelando nuevos rumbos, a Patricia la empezó a llamar con insistencia un personaje que no le gustaba y para salirse del paso, le dijo: “yo tengo novio y es Octavio Isaza”. A renglón seguido Fernando le contesto,” ve yo no sabía, Octavio no me ha contado nada”. Y así entre aclaración y aclaración nos fuimos enamorando después de esa forzada declaración de amor.
Mi madre sonaba como una viuda acomodada poseedora de tierras y bienes raíces y la verdad era otra, las tierras tenían tantos socios que los ganados cabían en el corral, pero los dueños no. Como quien dice mi dote era muy parecida y cuantiosa a la de Patricia, esta nos garantizaba trabajar sin medida por el resto de la existencia. Cuando tenemos apretones económicos me saca a relucir pretendientes del pasado, con los que hoy viviría en la abundancia, viajando por el mundo y con seguridad disfrutando mucho menos la vida.
Yo trabajaba para la época en el Tolima manejando unas tierras de un aparente inversionista de alto riesgo, mi ingreso de cinco dígitos no permitía ningún tipo de ahorro, por lo tanto, los recursos para la luna de miel eran demasiado contados.
En vista de la diferencia generacional con mi mama, yo decidí consultar muy poco con relación al viaje a mi ajuar y a las cosas que debía o no hacer para mi luna de miel.
Nos casamos una noche del 22 de Julio de 1989 en la Iglesia los Dolores, pasamos nuestra primera noche en el hotel Meliá de Pereira y al día siguiente nos fuimos para un “todo incluido” en el hotel Irotama en Santa Marta. Yo estaba muy corto de billete y Patricia ni se diga, yo solo cargaba un billete de dos dólares de una edición limitada y un poco de menuda para cosas triviales, ese billete era el responsable de traer a mi vida dinero en abundancia, finalmente me canse de esperar y termine botándolo a la basura el comprobar que esa no iba a ser la solución a mis problemas.
En esta vida estamos llenos de chicaneros y en esencia todos sufrimos las mismas crisis y las mismas dificultades, en resumen, todo llevamos una cruz.
Llego la luna de miel y yo tenía mis dos tarjetas de crédito hasta las tetas, cuando eso lo buscaban a uno en un libro lleno de números y así sabia el comerciante si podía o no recibir la tarjeta del cuentahabiente. Era tal mi preocupación que con un amigo comerciante del Guamo Tolima me conseguí un libro de esos y cada vez que íbamos a hacer un pago efectuaba la respectiva búsqueda.
Todo iba bien, el matrimonio se había consumado con las dificultades normales de una nueva relación, pero consumado, al fin y al cabo. En la primera noche constate que a pesar de haber comprado algunas cosas para mi ajuar y de tener todo en orden, olvide un pequeño detalle y que Patricia me recordó con absoluta sorpresa “Brutas que son esas uñas”. Parecía un ave rapaz, largas deformes y de varios colores, pensé, hasta aquí llego esta relación. Al contrario, se ofreció comedidamente a cortármelas con su nuevo kit de uñas que hoy aún conserva.
Que brutalidad, que masacre y sin poder decir nada, pues no hay nada más útil que un novio y nada más valiente que un marido en luna de miel. Desde ese segundo día, hasta el final de este viaje estuve en curación diaria en la enfermería, afortunadamente eran solo nueve los dedos afectados que supuraban cuantiosamente, nada más tenebroso que caminar por la playa y ver chocar las olas contra mis pobres pies, no pude meterme al mar una sola vez, el ardor era insoportable y el miedo a atraer los tiburones peor. Se me acabo el romanticismo, las palabras de amor y hasta la libido y la habilidad copulatoria. Ir a la hora feliz o al bar abierto, era una tortura sin fin. Y esta como si nada, hoy todavía con la seriedad del caso me dice cariñosamente “Te corto las uñas”.