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Elogio de la LLUVIA

Por Carlos Arboleda González

En el planeta azul, el agua abraza los continentes. Ella es la cuna, la raíz y la tumba de bestias, hombres y dioses. Según arcaicas tradiciones, la vida ha surgido del océano, así como nosotros surgimos de las aguas espermáticas del primer instante. En el Génesis está escrito que el espíritu de Dios flotaba sobre las aguas, a las que fecundó, ordenando el caos primordial. El agua es la Maestra que enseña a los hombres a adaptarse a los incesantes cambios de la naturaleza, porque ella reviste todas las formas del vaso que la contiene: posee la virtud de aquietarse y volverse profunda; la de romper los muros que tratan de avasallarla; la del vértigo cuando se despeña; la de arrasar, la de calmar la sed, la de apagar el fuego, la de purificar, la de evaporarse al hacer contacto con el calor, al que convierte en mágica escalera para subir hasta los cielos. Y luego, la de verterse de nuevo hasta la tierra, convertida en la bendición de la lluvia, que la preña, la revive y la hace fructificar, transmutándola en el inmenso paraíso de las flores y los frutos. La lluvia es el llanto de los cielos que sublima el designio renovador y perenne de la creación. A cántaro partido reúne en una boda alquímica a la tierra con los cielos. ¡Ah, la lluvia es un misterio precioso que alcanza los ojos y despierta en el alma de los hombres la purificación del llanto y escribe sobre el rostro los caminos de la sal y de la pena!

La lluvia es evocadora, purificadora y brillante. Su inmensa familia vive en un pulso inacabado con su opuesto, el fuego. En la mañana, perla las hojas y las flores en forma de rocío, pero, cuando cae sobre el mundo, puede revivir la nostalgia si evocamos muchas veces nuestros pasos perdidos en la niebla, o si recordamos ese connubio romántico del invierno en la primavera del  amor y los abrazos. Caminar bajo la lluvia es nuestra forma de ser peces; nadar, la de ser pájaros, porque volamos en el agua. Pero nuestros pensamientos y sentimientos transfigurados sólo pueden regresar a las estrellas por los delicados y verticales hilos de la lluvia, porque los suspiros nos hacen presentir que de allá provienen.

Siempre ha llovido sobre la tierra. El diluvio es un mito universal, porque el agua alterna su pulso con el aire, la tierra y el fuego; porque los cuatro elementos son las cuatro estaciones de la creación. Las grandes civilizaciones han perecido por el ímpetu de estos cuatro componentes, cuando el hombre ha dañado su equilibrio: los vendavales y tormentas, los incendios, los terremotos y las inundaciones. En nuestra vida también se alternan, porque muchas veces nuestras aspiraciones se tienden hacia arriba, como el fuego; o porque somos transparentes y livianos como el aire; o pesados y sombríos y también fecundos como la tierra; pero siempre seremos como el agua.

En las bellas leyendas sufis existe un relato sobre el sentido de la vida al que se compara con las evoluciones del agua: en el comienzo una pequeña gota desciende desde las montañas heladas y poco a poco se va reuniendo con otras hasta convertirse en río. Con su nueva fuerza quiere recorrer el mundo y así va creciendo su ímpetu, a la vez que un deseo profundo de algo más grande que él mismo. Es la nostalgia del mar, pero termina por atravesar regiones demasiado cálidas y llanas. Entonces conoce la sequía y la verdadera sed. El río se ahoga en el pantano, en las arenas. Siente morir cuando el viento le susurra: Si quieres no morir, deberás dejarte levantar para que una vez en los cielos te conviertas de nuevo en agua. Yo puedo regresarte de nuevo a las montañas de tu origen. Sólo pocos ríos alcanzan la plenitud del océano, porque la mayoría de las aguas retornan y se convierten en nubes, que luego serán vertidas en forma de lluvia en las montañas. Este es el cuento del río que casi siempre se pierde en las arenas. Ésta es la vida del hombre que muere sin sentirse abrazado a la plenitud de la divinidad.

A los humanos nos tocó por casa la tierra, sin embargo ¿qué sería de la vida sin agua? La muerte. De ahí la salutación, en la mitología y en la filosofía, al agua. No olvidemos que nuestra cultura occidental, que tanto se jacta del pensamiento filosófico, inició este quehacer con Tales de Mileto (624-545 a.C.), un filósofo naturalista por excelencia que, a la pregunta por el origen, la arjé, es decir, el principio primordial, no dudó en postular al maravilloso elemento del agua, por una razón elemental: todas las cosas nutricias son húmedas, especialmente las semillas.

La lluvia es una forma sensible que siempre nos recordará el alma, los sentimientos y el necesario compromiso de la vida con las fuerzas renovadoras que actúan como resortes íntimos en la alquimia de la naturaleza. Siempre lloverá sobre la tierra y sobre el hombre.

 

 

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