

Luis Ospina
“La gran humildad y la difícil sencillez”; “las cosas funcionaban tan, pero tan bien, que todos comenzaron a sospechar que algo andaba muy mal”; “todos eran iguales, pero algunos eran más iguales que otros”; “haremos la guerra para conseguir la paz”; “los últimos serán los primeros”… Me parece un acto de sensatez reconocer que nosotros, quienes pasamos los cincuenta, finalmente entendimos que estos oxímorones, al igual que las paradojas, serían útiles si queríamos comprender que ha habido –y hay– otras formas de hacer las cosas, otras lógicas distintas a las propias que nos abrirían mil posibilidades de asumir nuevas posturas, al igual que construir nuevos caminos para comprender lo que gira alrededor nuestro.
Por ejemplo, después de los cincuenta comenzamos a pensar, muy en serio, en cómo hacer para que nuestros gobernantes –y quienes aspiran a serlo, que son cada vez más jóvenes–, comprendan que la investidura que tienen –y tendrán- sólo es posible honrarla si obedecen lo que los ciudadanos les demandan. ¿Cómo hacerles entender que se manda obedeciendo? ¿Cómo contrarrestar la arrogancia de la razón, tan propia de la juventud?
Muchos creemos que una vez que esto se comprenda, se empezará a desmontar la estructura tradicional de ejercer la política que se sustenta en la notoria separación entre el gobernar y el obedecer. Cuando se gobierna pensando en obedecerles a los ciudadanos, o, para decirlo con menos brusquedad, en escuchar con la atención debida a los gobernados, se instauran otras lógicas posibles, diversas, plurales, con las que se pueden buscar soluciones a problemas colectivos y se asumen relaciones distintas con el poder político y el poder estatal.
Después de los cincuenta empezamos a comprender que las protestas actuales, que demandan derechos emergentes, muestran que la forma tradicional del ejercicio de la política en este país -y en América Latina- ya no es defendible; aunque, paradójicamente, se siga pretendiendo perpetuarla. Gobernar a partir de interesarse de verdad en los ciudadanos, es decir, en tener en cuenta las necesidades reales de éstos, es cuestionar muy seriamente esta milenaria forma de hacer política.
Los pocos que gobiernan deberán entender que obedecer, hacer caso a…, no significa necesariamente que la mayoría (los gobernados) delibera y decide de manera despótica y autoritaria, y que un pequeño grupo (los gobernantes) ejecuta y acata ciegamente y de forma pasiva las directrices de aquella. El nuevo ejercicio del poder político conlleva que comprendamos que, de esta manera, se pasa de una oposición excluyente, severa y rígida, al establecimiento de una relación fluida y de mutua retroalimentación.
Desde este Rincón Humano digo que los cincuentones y los sesentones y los setentones –y de ahí para arriba– entendimos que hay otras formas de hacer las cosas, sobre todo, en el ejercicio de la política (claro, también en la economía y en la salud y en la educación…). La búsqueda de alternativas para hacer la política de otra forma implica que los ciudadanos tomemos conciencia de que somos autores de nuestro propio destino, hecho que nos hace pensar en la relevancia de la organización ciudadana; pienso, por ejemplo, en las juntas de acción comunal, o los mismos concejos. Estos, me parece, deben ser consolidados y fortalecidos.
Con todo, y desde mi prejuicio, creo que muchos de quienes ya pasamos los cincuenta reconocemos que, en una sociedad civil, se dan mil posibilidades de una clara expresión de la democracia y de una relación fluida, justa y equitativa. ¿En dónde mejor que en los espacios colectivos es posible aprender a mandar obedeciendo? Lo repito, hay otras formas de hacer las cosas, de hacer política, de vivir. Los mayores de cincuenta por fin lo entendimos.