Turismo Literario y Turismo Musical
07/08/2020
Navegar hacia estilos de vida saludables
07/08/2020

Luis Ospina

migueranda@gmail.com

Escucho con mucha frecuencia decir que somos muy racionales y que, al serlo, podemos llegar a ser muy ilustrados. En muchas ocasiones, cuando nos encontramos con los amigos, no faltan las citas de libros o de dignos representantes del pensamiento. Este comportamiento, por supuesto, no tiene nada de malo; o, mejor, no tendría nada de malo si no olvidáramos que no hay racionalidad sin razonabilidad, es decir, que no hay ciencia sin amor. El problema es que sí lo olvidamos: al parecer somos ilustrados, pero muy poco comprensivos, muy poco o nada justos, muy poco o nada solidarios, muy poco o nada incluyentes… Nos cuesta trabajo aprender de las críticas de nuestros errores. Y nos es muy difícil la autocrítica.

Me parece que esta sociedad nuestra que, por supuesto necesita ilustrados: hombres y mujeres que piensen la ciudad, la región y el país desde las matemáticas, las ingenierías, las biologías, las economías, requiere también hombres y mujeres que utilicen su pensamiento crítico para ser más amorosos, comprensivos, incluyentes, leales, respetuosos, justos, equitativos… Creo que este camino permite aprender a comprender y a separar lo banal de lo relevante, lo trivial de lo trascendental.

Entender una idea, aceptarla o rechazarla no tiene que ver exclusivamente con la racionalidad, con saber sumar y restar, o con determinar las variables para construir un conjunto de viviendas al lado de una reserva natural. Lo relevante aquí, es asumir una actitud y un comportamiento razonables que nos facilite comprender y reconocer a los demás, y volver moral nuestra forma de ser, de actuar y de habitar.

Una forma significativa de ser razonables es poner el acento en la conversación, y me parece que esta virtud de girar alrededor de los intereses de los demás ciudadanos: estudiantes, amas de casa, mujeres, niños y niñas; al igual que de los empleados de una fábrica, los obreros de una construcción, los conductores de transporte público, los recicladores; de los dirigentes, los gobernantes…, en fin, se adquiere después de los 50 años.

Después de los 50, asumimos comportamientos más razonables, más humanos; aprendemos a conversar con los que nos gustan, pero también con los que no nos gustan. Hemos aprendido que la amistad es fundamental cuando se envejece. Los amigos (que jamás llegarán al millón) nos alientan, nos reconfortan, nos llenan de vitalidad. Y cuando no están o se van, podemos caer en depresiones que nos muestran la fragilidad de la vida.

La experiencia de una vida conscientemente vivida nos vuelve más incluyentes, más hospitalarios, más humanos, porque ¿qué otra cosa es la vida sin estos valores sustantivos para lograr construir un paraíso terrenal?

Lo hemos dicho en los lugares en donde nos escuchan: después de los 50 no podemos darnos el lujo de sostener la arrogancia de la razón porque perdemos credibilidad, y caemos en la trampa de la exclusión, motor móvil del hambre, la injusticia, la inequidad y la pobreza.

Entre los ciudadanos mayores de 50, andan serpentinos valores morales y políticos, con los que podríamos ser más razonables, es decir, más humanos.

________

Destacado

Una forma significativa de ser razonables es poner el

acento en la conversación, es decir, cuando giramos

alrededor de los intereses de los demás ciudadanos.

A eso nos dedicamos después de los 50.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Social media & sharing icons powered by UltimatelySocial
Facebook
Instagram
YouTube