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Por Octavio Isaza Londoño

CUENTOS de Cuarentena

La verdad esta cuarentena me ha servido sin discusión para conocer más y más a mi consorte.

La Dra. Patricia está cargada de virtudes y de una disciplina a toda prueba.

Al principio de la cuarentena y luego de hacer algunas tomas en el espejo, tomó la firme decisión de subirse al caminador todos los días, ese instrumento que desde días cercanos a su compra ha sido usado como colgadero de ropa, secadero de toallas y rincón de meditación, está trabajando a diario y de qué manera. Esta mañana que terminó la rutina le pregunté: ¿Cómo te fue? ¿Cuántos kilómetros hiciste? y me contestó “hice 4 kilómetros, hablé con mi mamá y con Ximena, estuve en reunión con los de posgrado y recé El Rosario, y cuando me pregunto: ¿Y tú?, me sumí en un total y absoluto silencio.

En esta cuarentena pasan muchas cosas, las pobres mamás de muchachitos chiquitos ya no saben qué hacer con ellos. Aquí en el condominio son muchos, ellos inventan juegos, ventas, tiendas etc., recurriendo también al paseo de perros. Estando una tarde de tantas en la casa timbraron, abrí la puerta y eran los primeros dos emprendedores, me saludaron: “hola, podemos pasear a Ron”, les dije si claro, procedí a ponerle la correa y entregarles las bolsitas; después de 30 minutos regreso Ron muy contento a su casa, les agradecí, pero aparte de eso les di un billete de $5000 para sacar dulces de la máquina. Cuál no sería mi sorpresa cuando al otro día sonó el timbre nuevamente como a la misma hora, abrí lentamente y me encontré con una fila de 4 muchachos que no superaban los 10 años con el tapabocas puesto y guardando el distanciamiento social, querían todos sacar a pasear a Ron insistiendo incluso que cada uno lo paseara solamente por 5 minutos y así todos podrían hacerlo.

Esta época de pandemia también ha servido para multiplicar las llamadas de los call center a los teléfonos fijos que estaban muy en desuso.

Saliendo una mañana muy temprano le pedí a la Dra. que si llamaban de open English dijera algo para evitar que me siguieran llamando a la casa, pues me iban a enloquecer.

A la hora más impropia como es costumbre de estos personajes, el teléfono sonó. Era una de esas voces inconfundibles que decía:

“buenas tardes, con quien tengo el gusto” la ya conocida interlocutora responde “a quien necesita?” Al otro lado de la línea “el Sr Octavio Isaza por favor” continúa “él no vive aquí”, “Sra. perdón, pero, ¿usted lo conoce?”, “si claro maldita la hora y sabe que: a ese Holgazán búsquelo en otra parte porque lo que es aquí ni vive ni vivirá nunca “.

Cuando me contó por la tarde que volví a la casa y con estas palabras exactas tuve la absoluta seguridad que a mi casa no me volvían a llamar y que a lo mejor por temor me iban a regalar el curso.

La verdad con el uso permanente de este tapabocas se volvió imposible reconocer a la gente, este además de quebrar a los diseñadores de sonrisa, es un accesorio incómodo y sofocante.

Habitualmente me encuentro con los mismos cuando almuerzo en Santagueda, para mi sorpresa un personaje al que veía con frecuencia me saludaba con mucha efusividad “que hubo hombre Orlando” yo respondía su saludo sin mencionar su nombre, pues andaba en deuda.

Después de tres días de la misma joda y habiéndome quitado el tapabocas para que me viera bien, lo salude que hubo hombre Carlos. Me replicó de inmediato “yo no soy Carlos” a lo que le contesté: ¡si ve yo tampoco soy Orlando!

Yo no sé si la cuarentena va matando lentamente las neuronas, pero en estos días hicimos la Dra. y yo un trabajo en equipo que no olvidaremos jamás.  Salimos para el centro comercial fundadores a hacer unas compras, le dije: Oye compremos unas cápsulas en café Quindío, la Dra. accedió de inmediato y se fue a hacer la vuelta y yo me quedé buscando unos zapatos, cuando nos encontramos le pregunté si las había comprado, me dijo: “no, no había datáfono”.

Llegamos a la casa y le dije que me diera las cápsulas que quería tomarme un tinto. Al segundo me dijo: “bruta, no me las entregaron, por aquí debe estar la factura”, llamamos a ver hasta qué horas había servicio y nos fuimos indignados por el abuso del que habíamos sido víctimas. Cuando llegamos desgastados después de sortear un torrencial aguacero y un tráfico sin solución, nos dijo la niña: “Ustedes si vinieron, pero nada compraron”.

Estas y otras tantas cosas pasan en esta larga y tediosa cuarentena.

Un abrazo para todos ¡¡¡

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