

¿Qué es para ti, amable lector, la felicidad? Esta pregunta, que existe desde tiempos inmemoriales, tiene tantas respuestas como seres humanos. Para muchos la felicidad es riqueza material, poder, amar una bella mujer, tener libertad, gozar de buena salud, los hijos, los libros, la música, poseer un hermoso cuadro o dedicarse a la vida contemplativa. Para los materialistas, poseer una gran casa, una finca, varios carros, muchas propiedades. Otros alcanzan la felicidad con el mal ajeno. Miremos el pasaje de Heine que nos recordó Nietzsche: “Y si mi buen Dios quiere hacer mi felicidad completa, me concederá el placer de ver a seis o siete de mis enemigos colgados de lo alto de los árboles. Con todo mi corazón les perdonaré, antes de su muerte, todas las maldades que han cometido contra mí durante mi existencia. Sí siempre hay que perdonar a los enemigos, pero no hasta que han sido colgados”.
Parece ser que antes, con menos avances materiales y científicos, la humanidad era más feliz, pues la vida era más elemental. Según estudios que se han hecho en los Estados Unidos, desde 1950 las personas que se creen “muy felices” han disminuido de un 7.5% a un 6%. Esto le permite afirmar a Tony Blair, el exprimer ministro británico: “Somos tres veces más ricos que hace treinta años; ¿somos también tres veces más felices?”.
El profesor Richard J. Davidson, del Laboratorio de Neurociencia Afectiva de la Universidad de Wisconsin, de los Estados Unidos, con un grupo de científicos, llevan años estudiando el cerebro de miles de voluntarios, a través de resonancias magnéticas, y manteniendo sus cerebros conectados a 256 sensores, para detectar sus niveles de irritabilidad, enfado, placer, estrés, alegría y diferentes sensaciones. De acuerdo con cierta metodología clasificaron el grado de felicidad de sus voluntarios que iba del 0.3 (muy infeliz) a -0.3 (muy feliz). Sólo una persona, sometida a estos exámenes, logró superar este último límite, Matthieu Ricard, quien alcanzó -0.45, lo que le permitió ganarse el título de “El hombre más feliz de la tierra”, título que él mismo se ha negado en aceptar.
¿Quién es Matthieu Ricard? Un monje budista, nacido en París en 1946, hijo del famoso intelectual Jean-Francois Revel y autor de libros tan conocidos como “Ni Marx ni Jesús”, “La tentación totalitaria” y “El conocimiento inútil”. Matthieu estudió biología molecular y trabajó con Francois Jacob, premio Nobel de Biología en el Instituto Pasteur. Teniendo un futuro brillante en el campo de las ciencias, un buen día, en el año 1972, decidió abandonar su vida en París y se estableció en el Himalaya, donde se hizo alumno de un monje budista llamado Kangyur Rimpoché. En 1979 se hizo monje y terminó, finalmente, gracias a su formación occidental, trabajando y viajando por todo el mundo con el Dalai Lama.
Los científicos de la Universidad de Wisconsin, lograron detectar que la corteza cerebral izquierda concentra las sensaciones placenteras, mientras que la derecha alberga aquellas que producen dolor, ansiedad, depresión y estrés. Cuando hicieron los experimentos con Ricard, notaron que las resonancias magnéticas generaban una actividad inusual en su lado izquierdo. Al realizar estos mismos experimentos en otros monjes budistas, obtuvieron resultados similares, aunque nunca alcanzaron el nivel de Ricard. La explicación dada por los monjes está justificada en la meditación diaria que hacen; lo que buscan es alejar los pensamientos negativos y concentrarse sólo en los positivos. Pretenden apartar de su interior el odio, el enfado o la avaricia, pues practican las enseñanzas de su maestro, Buda, quien afirmaba que sólo se puede derrotar el sufrimiento si se logran controlar los deseos. Para Ricard la felicidad “es un tesoro escondido en lo más profundo de cada persona” y para atraparla es necesario la práctica y la fuerza de voluntad, no los bienes materiales, el poder o la belleza.
En el libro “El monje y el filósofo”, una larga conversación que Ricard sostuvo con su padre, del cual se vendieron 500.000 ejemplares en sólo Francia, y cuyas ganancias donó, afirmó: “En definitiva, el budismo llega a la conclusión de que el sufrimiento nace del deseo, del apego, del odio, del orgullo, de los celos, de la falta de discernimiento y de todos los factores mentales que se denominan `negativos´ …porque perturban la mente y la sumen en un estado de confusión e inseguridad”. En resumidas cuentas la felicidad no depende ni se encuentra fuera de nosotros. Para Ricard no sólo se puede lograr la felicidad con la meditación y la vida monástica. La podemos alcanzar viviendo contentos con lo que tenemos.
Hace algunos años conocí un camino espiritual, la Sanación Pránica, que tiende un puente entre las prácticas milenarias de la india, como la meditación, y nuestra fe cristiana. Diariamente medito una hora y gracias a ella mi vida ha cambiado ostensiblemente. Vivo y disfruto una paz y una armonía que hasta ahora no había conocido. Por lo menos ni los sobregiros bancarios ni las deudas que tengo han logrado desequilibrar ese estado de placidez que estoy viviendo. Hoy, sin lugar a dudas, soy más feliz. Porque aprendí, además, que la felicidad está dentro de mi y que mí mundo interior crea mi mundo exterior.