

En la vida matrimonial, independiente de la condición social, de los hábitos y de las costumbres, llegan momentos en qué hay que tomar decisiones y cada pareja lo hace a su manera, y a su real saber y entender.
Una de ellas es buscar un método que garantice la continuidad en las relaciones íntimas con la seguridad absoluta de no caer en un nuevo embarazo, y así poder manejar abiertamente esos arrebatos, esos remates de fiesta, esos ratos escasos de total entendimiento, sin que se altere el número de miembros de la familia.
Patricia se apoyó hábilmente en mis conocimientos en reproducción bovina, para argumentar que no se corría el más mínimo riesgo al someterme a la vasectomía, que era según ella, un método amigable, seguro y de rápida recuperación.
Procedí entonces a elevar mi consulta donde mi buen amigo Roberto Iván Giraldo alias Pochocha, quien siempre ha gozado de un excelente prestigio como médico urólogo, además de una tradición familiar en asuntos genitourinarios heredada de su padre Iván. En asuntos de fútbol ha sido Pochocha un líder indiscutible, en esa época de los 80, era el capitán del equipo de los pelados en el torneo de la Florida y también el que alineaba la titular en el equipo del Club Manizales. Yo era de esos futbolistas aficionados que corría el mismo riesgo de estar en la titular o sentado en la banca cuidando los enseres. Opte entonces por conseguir con mi cuñado Pablo Rivas G, quien en ese momento tenía una naciente y próspera empresa, la dotación total de uniformes, eso y solo eso, me garantizó mi puesto en la titular y amplío poder decisorio para alinear a los más allegados.
Llegue entonces a su consultorio cargado con la timidez habitual de quien debe revelar algo relacionado con su intimidad. En su relato conocí muchos casos exitosos de vasectomías realizadas a personajes que veía con frecuencia en las calles de Manizales o en encuentros sociales. Después de una larga y detallada explicación, resolví en un acto generoso, como lo reconoció Patricia, someterme a dicha cirugía.
Se fijó el día y la hora en que aquel amigo sería desarticulado y limitado en sus funciones de manera permanente. El Dr. y amigo Fabio Abad me consultó, pues tenía la potestad de elegir el método de anestesia al que debía ser sometido, cuando mire a mi alrededor y vi a la enfermera que sería testigo fiel de aquella infamia, decidí sin atenuantes estar despierto durante todo el procedimiento.
Se llamaba Vilma, era la encargada de que el paciente perdiera la conciencia en el momento de conocerla y así lograr disminuir el gasto de medicamentos para la sedación. Era sencillamente espectacular, estaba vestida con un uniforme blanco que no disimulaba sus formas esbeltas, arriba sus pechos suponían la presencia de un pezón rosado y natural, ya hoy en vía de extinción. Más abajo su transparencia permitía ver unas tangas milimétricas que hacían perder la razón.
Ella me saludó, yo ya estaba en bata de cirugía, ese elemento denigrante, incomodo, en el que nada cabe, que lo estrangula a uno con el más mínimo movimiento, dicho traje acompañado del infaltable gorro de baño.
¿Que tristeza, no habría podido encontrarme con Vilma en mejores circunstancias? Nadie, absolutamente nadie es capaz de lanzar un piropo, decir algo agradable o coquetear abiertamente, en esa facha tan deplorable.
Vilma, con una voz de otro planeta, me explico que me debía afeitar él área adyacente a quien yacía difunto, recogido y muerto del susto. Ella a renglón seguido empezó a desinfectar él área con una fría solución yodada, empañando así, ese corto momento de fascinación. Entre mirada y mirada ella iba podando, en un momento cogió él miembro viril que dormía plácidamente y lo empezó a mover de un lado para otro, buscando hacer un mejor corte y poder asegurar una mayor desinfección.
Llevaba ya varios movimientos repetidos halando cariñosamente el prepucio, hasta que con una voz tenue y entrecortada le dije:
VILMA, SUÉLTELO QUE EL YA SE TIENE SOLITO.
1 Comment
Buenísimo…Que humor!!
Me reí muuuucho !!! 👏👏