¿Cómo vamos a globalizar el alma?

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15/07/2020
Colombofília
18/07/2020

Nos han metido en un saco tan pequeño que se llama la globalización. Resulta que ahora somos la aldea planetaria, regida por los mandamientos del microsolf, de la BBC, de News Week, del FMI, del Banco Mundial y del Euro para Latinoamérica. Afortunadamente, no entendemos cómo la alta cúpula de los que manejan las cifras nos han convertido en cuotas. Ya sabemos que la identidad es un problema para los filósofos que están hartos de caviar, de fútbol y de guerra. Europa se ha unificado por fin, pero no ha podido extinguir a los vascos, a los servios, ni a los croatas, ni siquiera a los sobrevivientes de los bombardeos humanitarios de la ONU.

Unifiquemos este lado del mundo desde México hasta la Patagonia, aunque pasemos por Colombia, esa tierra extraña en la que la sangre corre a raudales por las calles y las montañas confundida con el licor y la ignorancia. Unifiquemos este mundo desde el Golfo de Urabá hasta el Mar del Plata, y desde Paramaribo hasta Bolivia. Ya quedan pocos indios, pero muchos negros -entre otras cosas la única raza pura del mundo-. Llamemos a la gente del altiplano, del llano y de la selva a un curso extrarrápido de Economía en el cual nos explicaremos porqué ya no somos como éramos en el pasado. Llamemos a la gente querida, sin voz ni voto, sin fiscalías, sin contralorías, sin ejército y sin gobierno, para que, en un plebiscito singular, nos acojamos con júbilo a los resultados de la conversión del talento y de la vida en sumas y restas. ¡Que viva la economía! No nos importa que Pinochet siga asumiendo su papel de Francisco Franco, aunque le falten treinta o cincuenta años para restablecer definitivamente la hegemonía de las balas sobre el canto y sobre la pregunta de los hombres tranquilos que quieren vivir en sus hogares la vida del mundo, en Chile, en El Salvador, en Cuba o en Colombia. 

He pensado, y lo he escrito en otras ocasiones, que los libros sagrados tienen una razón fuera del tiempo. En ellos he leído que cuando los hombres se reúnen para hablar de paz es porque están programando una pronta guerra. Entonces, acabemos con la guerra, matemos a todos los que no la quieren, y para ello no hace falta ni ninguna ideología, ni ninguna razón. Hace falta extraviar el último resquicio de razón que nos queda. Qué peligroso es hablar de paz en esta tierra. Hablemos de guerra, traigamos de los países cultos más rock, más chaquetas y más electrodomésticos. Sigámosle pidiéndole plata a los prestamistas internacionales para pagar las deudas que tenemos con ellos. Bueno, o mejor, dediquémonos todos a hacer cuentas, antes de que nos las hagan a nosotros. La vida seguirá, después de todo, porque, así como en el año mil eran con nosotros, los del Viejo Mundo, unos cuantos, aunque ya no existan aborígenes, ni ingleses ni europeos, sigamos siendo los de siempre: los que cabalgamos por la vida hacia ninguna parte, pero al fin y al cabo alegres, así no entendamos la globalización, así sigamos navegando por internet. Sigamos siendo cultos. ¿Cómo vamos a globalizar el alma? 

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