
“La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza, ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro. Pan de los elegidos; alimento maldito. Aísla; une. Invitación al viaje; regreso a la tierra natal. Inspiración, respiración, ejercicio muscular. Plegaria al vacío, diálogo con la ausencia: el tedio, la angustia y la desesperación la alimentan. Oración, letanía, epifanía, presencia. Exorcismo, conjuro, magia. Sublimación, compensación, condensación del inconsciente….”[1]
Octavio Paz
Rumi, tenido como el poeta persa por excelencia, autor del Masnaví, un libro de versos espirituales –24.000 dísticos- en el siglo XIII, no gustaba de ser llamado poeta, porque consideraba que esa labor era tan mecánica, tan física, tan de los sentidos, que no alcanzaba para definir un intento profundo de develación de los enigmas de la vida del hombre. Aunque el místico persa, el hombre más culto del mundo conocido en su siglo, maestro de maestros, no pretendía, en forma alguna, definir la poesía, ni lo poético, ni al poeta, invita a una reflexión sobre la relación existente entre el acto creativo, sus propósitos, su sujeto y su objeto.
La moderna concepción del arte poético en la que existe una alta dosis de culto a la personalidad, de exaltación subjetiva y, en cierto modo, de magnificación decadente del oficio para justificar todo tipo de tendencias con el nombre de “poéticas”, se encuentra abiertamente en pugna con la concepción clásica, romántica, de definición de la poesía. Las vanguardias, llámense, modernistas o postmodernistas, parecen perderse en el laberinto que han inventado, en medio de la irreverencia, la negación y la declaración profana, de que “todo es poesía”, o, en otro caso más preocupante, sostienen que la palabra en sí misma es el acto poético por naturaleza.
Si se piensa en la obra poética de la antigüedad y en su evolución hasta el romanticismo tardío de los siglos XVII y XVIII, sobre todo en los románticos alemanes como Novalis, Lichtenberg, Hölderlin y otros, puede apreciarse una falta de intención en todos estos autores para redefinir la poesía, pues para ellos el acto poético lo constituye ella misma.
Cuando Octavio Paz en sus reflexiones del “Arco y la lira” sobre poesía y poema escribe: “La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza, ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro. Pan de los elegidos; alimento maldito. Aísla; une. Invitación al viaje; regreso a la tierra natal. Inspiración, respiración, ejercicio muscular. Plegaria al vacío, diálogo con la ausencia: el tedio, la angustia y la desesperación la alimentan. Oración, letanía, epifanía, presencia. Exorcismo, conjuro, magia. Sublimación, compensación, condensación del inconsciente….”[1], No hace mas que redefinir la poesía a través de todos sus motivos, subjetivos y objetivos, pero en ello se encuentra implícito un elevado concepto del acto creativo, el que corre paralelo con la vida humana que se contempla en el espejo magnífico de la creación. Por eso, exaltado, escribe: “¡Prueba hermosa de la superflua grandeza de toda obra humana!”[2].
La sublimación que surge en la observación y en el asombro, en el vuelo iniciático del alma humana, convierte todo en poesía, por lo que recordamos al pensador que exclamaba que la vida debe ser vivida como un acto poético.
[1] PAZ, Octavio. El arco y la lira. El poema. La Revelación poética. Poesía e Historia. México: Fondo de Cultura Económica, Quinta reimpresión, 1979, p. 13
[2] Ibid., p. 13